miércoles, 10 de mayo de 2017

Ansiedad en la infancia: ¿Qué es y como se manifiesta?

La ansiedad y el miedo son emociones que todas las personas sentimos y que también van a aparecer durante la infancia. Si bien la infancia parece asociarse a una etapa “sin preocupaciones”, alegre y feliz, a lo largo del desarrollo vital los niños sentirán y gestionarán estas emociones. La ansiedad y los miedos durante la infancia, en fases puntuales, son normales y no tienen por qué preocupar a las familias salvo que se mantengan en el tiempo o que interfieran en la vida diaria del niño al ser demasiado elevada. En general, estos miedos y ansiedades suelen ser de corta duración y vienen dados por contextos situacionales como la oscuridad, circunstancias climáticas, personajes, conocer a personas desconocidas y similares.

En las ocasiones en las que la ansiedad se torna persistente en el tiempo, es elevada e
interfiere con el funcionamiento y la vida diaria del niño o la niña, además de en el funcionamiento familiar, sí que podríamos hablar de una ansiedad problemática. No obstante, los problemas de ansiedad durante la infancia pueden abordarse psicológicamente y suelen tener un buen pronóstico, mejor cuanto antes lo detectemos e intervengamos.  

¿Qué tipos de ansiedad pueden aparecer durante la infancia?
Principalmente, son tres tipos de ansiedad los que tienen mayor frecuencia de aparición en la infancia y deben ser abordados a expensas de no derivar en un trastorno de ansiedad severo posterior.
Durante los primeros años de vida, los problemas de ansiedad suelen tener relación con la separación de los padres/madres y personas más allegadas. En estos casos, enfrentarse a la situación de, por ejemplo, tener que ir al colegio y separarse de los padres, hacer excursiones o quedarse a dormir en casa de otra persona, genera importantes niveles de ansiedad y el niño/a reaccionará de manera exagerada para poder mantenerse al lado de sus figuras de apego.
A medida que son algo más mayores sin entrar todavía en la adolescencia, otro tipo de ansiedad que se puede dar es la ansiedad social. Aparece con un fuerte temor a las situaciones sociales, junto con carencias en la interacción con sus iguales y un intenso miedo a ser rechazado/a.
Por último, la ansiedad generalizada puede aparecer también en niños y niñas y en adolescentes. Esta se manifestaría a través de preocupaciones exageradas y constantes por diversas temáticas. En ocasiones se acompañaría de altos niveles de perfeccionismo, responsabilidad y autoexigencia, y genera importantes niveles de malestar al niño/a.

¿Cómo identificar la ansiedad en los niños?
En primer lugar, habrá que atender a si han aparecido cambios en el comportamiento habitual del niño o niña y si difiere del comportamiento esperado para otros niños de su edad. Cuando hablamos de ansiedad, podemos tender a buscar inquietud y nerviosismo elevados, a un niño o niña muy movidos… pero debemos tener en cuenta que esta puede manifestarse conductualmente o no. Al igual que pasaría con una persona adulta, la individualidad e idiosincrasia de cada uno es fundamental y distintos niños manifestarán la ansiedad de diferente manera. Mientras que habrá niños en los que se evidenciará un elevado nerviosismo e inquietud, otros pueden tender a una mayor inhibición, permanecerán siempre conformes y quietos, serán más callados y en ocasiones pueden tender a pasar desapercibidos. Son niños que “no dan problemas”.  Independientemente y como se comenta al principio, el primer factor clave será atender a si aparecen cambios acusados en el patrón conductual habitual del niño/a.

A partir de aquí, algunos signos que podrían indicar un problema de ansiedad (aunque su manifestación no necesariamente significa que haya un problema de ansiedad; será un profesional quien deberá evaluarlo) son:
  • No querer ir a la escuela y evitar conductualmente acudir, a través de rabietas y/o manifestaciones de malestar
  • Constantes quejas acerca de síntomas físicos y/o de enfermedad, requiriendo de la  y atención paterna y/o materna
  • Tensión y rigidez físicas notable
  • Manifestaciones de pensamientos repetitivos y constantes de temor por temas como la seguridad propia, de los padres y/o tutores y de las personas que le rodean
  • Manifestaciones de preocupaciones exageradas por cosas que no han sucedido
  • Búsqueda de consuelo constante y dependencia de la figura adulta de apego para calmarse
  • Dependencia de los adultos superior a la habitual para la edad
  • Temor a dormir en un sitio diferente al hogar, dificultad para estar en otros lugares
  • Temor exagerado a quedarse solo o sola en cualquier contexto
  • Ataques de pánico y rabietas exagerados a los contextos y situaciones temidos
  • Dificultad para relacionarse con otros niños/as e incluso con familiares, pocas amistades en su círculo cercano
  • Manifestación de síntomas físicos/de enfermedad frente a situaciones sociales

En la mayoría de ocasiones, padres y docentes son los primeros en evidenciar estos síntomas. Es fácil que la manifestación sea mayor en el colegio al no estar con los padres si estos suponen un punto de seguridad frente a su ansiedad. Sea como sea, en cuanto se identifican posibles signos y cambios de comportamiento importantes se recomienda acudir a ayuda profesional, de manera que se pueda valorar y abordar cuanto antes. Así, aseguramos poder intervenir lo antes posible para mantener el bienestar del niño o la niña, antes de que pueda desarrollarse un trastorno de ansiedad severo. El tratamiento psicológico en estos casos suele mostrar muy buenos resultados, adecuándose siempre a las necesidades de cada caso en particular.

Si tenéis dudas o necesitáis ayuda u orientación no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudaros. 

miércoles, 26 de abril de 2017

Sobreprotección infantil: ¿Qué es y qué efectos tiene?

Cualquier madre y padre desean lo mejor para sus hijos. Cuando hay pequeños en casa, es inevitable, natural y lógico preocuparse en gran medida por su bienestar y sus cuidados e intentamos, siempre, que sean felices y que no sufran. No obstante, en ocasiones podemos sobrepreocuparnos y caer en un error que deberemos corregir: la sobreprotección. A pesar de que surge del desear lo mejor para niños y niñas, sobreprotegerles tendrá consecuencias negativas en su futuro. Cuando lo hacemos, interferimos en el desarrollo de estrategias y habilidades para su vida. El coste de que ahora estén “protegidos al 100%” será el de interferir en el desarrollo de su seguridad, independencia y estabilidad.

¿Qué es sobreproteger?
Antes de nada, tenemos que comprender qué es la sobreprotección. Sobreproteger significa resolver y solucionar por los hijos aquellos problemas y situaciones del día a día que están capacitados a afrontar,  pero que resolvemos por temor a que no lo logren o a que lo hagan mal y esto les genere sufrimiento. Sobreproteger va más allá de darles cariño, afecto, apoyo y atender sus necesidades y cuidados físicos y emocionales. Llega hasta casi el vivir y pensar por los niños.  Algunos ejemplos podrían ser limitar todo su juego para que no se hagan daño; no pasa nada si se caen, estaremos allí para ayudarles, pero tenemos que permitirles vivirlo. Otros ejemplos son, por ejemplo, hacer las tareas por ellos si les cuesta realizarlas, en lugar de simplemente darles cierto apoyo si lo solicitan y que vivan lo que pasa si un día llevan los ejercicios mal hechos. Vestirles porque no saben hacerlo cuando deberían aprender a ello. Afrontar todas las situaciones que van apareciendo en su día a día por ellos. Los niños y niñas tienen que aprender a vivir reveses y contratiempos, a frustrarse y a buscar soluciones para aquello que no sale como desearían. Les apoyaremos y ayudaremos en esa búsqueda de soluciones. Etiquetaremos con ellos las emociones que están sintiendo para que puedan aprender a manejarlas y les brindaremos apoyo para que sientan que podrán contar con nosotros y que no les abandonamos. Pero no lo viviremos por ellos. De esta manera, podrán desarrollar habilidades de afrontamiento que permanecerán en su vida adolescente y adulta.

¿Qué consecuencias puede tener la sobreprotección?
Padres y madres sobreprotectores exigen a los niños menos de lo que les corresponde para su edad. Apenas les dejan asumir responsabilidades y cuando posteriormente al crecer tengan que hacerlo, les resultará mucho más complicado. En casos de elevada sobreprotección durante la infancia, nos encontramos en la juventud y vida adulta con personas que parecen casi adolescentes o que tienen un alto grado de inmadurez para su edad. No han aprendido a afrontar de manera efectiva la frustración y los reveses de la vida, ni las responsabilidades a las que tenemos que ir haciendo frente, ya que nunca han tenido que hacerlo. Además, pueden resultar ser personas miedosas ya que han recibido desde la infancia que todo a su alrededor es peligroso.

¿Dónde queda el punto intermedio?
Queda en conocer a los niños y de lo que son capaces. Aunque parezcan pequeños e indefensos, tienen mucha más capacidad  de la que pensamos para resolver situaciones de diferente índole, no dejan de sorprendernos. Habrá que dejar que poco a poco adquieran responsabilidades adaptadas a su edad, que poco a poco vayan siendo ligeramente más independientes. Es posible que, en ocasiones, esta sobreprotección tenga que ver con que hayan vivido un proceso médico importante. De igual manera, tendremos que aprender a valorar el alcance de este y las verdaderas capacidades del niño o niña, permitiendo la máxima autonomía dentro de las capacidades y posibilidades. Discerniendo qué puede hacer de manera independiente y permitiéndoselo, y que no.  
Sea como sea, cuando hablamos de darles autonomía hay que confundirse con una autonomía completa, ni mucho menos. Son niños. Pero sí hablamos de, poco a poco, ir “soltándoles”, viendo como se desenvuelven, e ir interviniendo cuando sea necesario. Por supuesto, habrá que poner límites y tener en cuenta qué es adecuado a cada edad. Pero toda autonomía y responsabilidad que le demos incrementará el desarrollo óptimo. Educando siempre desde el afecto y el cariño y mostrándonos disponibles para ayudarles y apoyarles, pero permitiéndoles vivir por sí solos y equivocarse.

Si necesitáis orientación al respecto, no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudaros.

lunes, 3 de abril de 2017

Preadolescencia: ¿qué esperar y como actuar?


La etapa de la preadolescencia se ha situado en torno a los 10-12 años. Suele aparecer ligeramente antes en niñas que en niños, aunque depende de cada uno puede aparecer antes o después sin que esto suponga un problema grave. Acompañada de grandes cambios físicos y emocionales, la preadolescencia supone un proceso de adaptación para el niño… Y para la familia. El funcionamiento del núcleo familiar va a tener que realizar ciertas modificaciones para re-adaptarse a los nuevos patrones relacionales con el niño o niña, que va camino ya a convertirse en adolescente. Puede parecer obvio en ocasiones, ya que es un momento evolutivo por el que todo adulto ha pasado, pero… ¿sabemos que podemos esperar en este momento?

En la preadolescencia los niños no son tan niños, pero tampoco son adolescentes. Durante esta etapa, comienzan a darse los cambios físicos característicos de la pubertad, que vienen de la mano de cambios emocionales. Aparecerán importantes fluctuaciones en el estado de ánimo. Además, durante esta etapa los niños comienzan a desarrollar en mayor medida su sentido de identidad. Buscan mayor independencia, tanto comportamental como emocional, de manera que se van erigiendo a sí mismos.

Hasta ahora, estos niños y niñas acudían a la familia para todo. En el pasado padres y madres tenían una gran influencia, siendo vistos casi como unos “superhéroes” que todo saben y solucionan. En cambio, inmersos en este proceso de búsqueda de autonomía, independencia e identidad, focalizan su atención hacia su círculo social de iguales a la hora de buscar apoyo, opinión o consejo.  Comienzan a desapegarse, lo que a muchos padres y madres puede generarles un gran impacto emocional en primera instancia: ¿será que ya no me quiere como antes? ¿Por qué está tan insolente? ¿Ya no me respeta? ¿Va a ser ahora siempre así?

¿Qué esperar de esta etapa?
Como se comenta anteriormente, es una etapa de cambios. Es una etapa de experimentación autónoma de quiénes son y que les gusta. De búsqueda de interacciones sociales fuera del círculo familiar. Esta etapa supone nuevos retos y actividades. Como añadido, aparecen conductas por las que parecen que el niño o niña “rechaza” las muestras de afecto o de interacción de los padres. No es raro encontrarse con un gran número de familias, que afirma que su hijo o hija “se avergüenza cuando muestra afecto en público” o “nos llama pesados/as” a todas horas. Cuando ocurre esto, en muchas ocasiones se puede interpretar como desprecio, como si ya no quisieran o valorasen nuestro apoyo o afecto. No obstante esto no es así. Solo ocurre que las situaciones en las que mostrarlo y como mostrarlo van a cambiar. La búsqueda de independencia hará que quieran dar una imagen para incluirse en un círculo social y tenemos que aprender a adaptar el comportamiento externo a la nueva situación.

En esta etapa surge además una “necesidad” de diferenciarse de los padres y madres. De ahí que comiencen, como describen muchas familias, las peleas,  las desobediencias (¡más!), los retos… que vendrán de la mano de ese querer tomar distancia. En muchas ocasiones, las familias se lo pueden tomar como algo personal: “lo hace para fastidiarme”. Y en parte podría ser. Pero en la mayor parte de ocasiones es algo normativo y la importancia de saber manejarlo será esencial en el paso a la adolescencia: gestionar manteniendo límites, sin negar la posibilidad de negociar en lo que sea negociable.

Otro elemento a tener en cuenta y al que prestar especial atención es que durante la preadolescencia pueden empezar a aparecer conductas de riesgo. La exploración de la identidad, el deseo de “sentirse adultos”, la experimentación con sustancias como el tabaco o el alcohol y la exploración de la sexualidad pueden comenzar ya en este momento (aunque se dan más habitualmente durante la adolescencia). En este sentido, la mejor opción será siempre la información y la apertura al diálogo con los niños, aunque en ocasiones pueda costarnos.

Por lo expuesto, se puede ver claramente que se trata de una época en la que, de golpe, empiezan a darse muchos cambios y en la que tenemos que estar ahí, desde una distancia ligeramente ampliada a como estábamos antes. Las familias tienen que aprender a hacer una tarea complicada al principio pero que luego se va tornando más sencilla: acompañar, apoyar y acompasar a sus hijos en este proceso desde una distancia algo mayor a la habitual, que les permita el fomento y desarrollo de su autonomía e independencia.
Para ello, dos puntos serán esenciales: Fomentar una relación positiva y educar con límites, sin negar las opciones a negociar lo negociable. A continuación os contamos un poco como hacerlo.

Qué hacer en nuestro día a día de la  preadolescencia en adelante
Cada vez más y a medida que entran en la adolescencia, habrá que negociar condiciones, habrá que adaptarse y en más de una ocasión los padres y madres serán los “malos de la película”. Para superar con éxito esta fase, la idea esencial es mantener los límites que hagan falta: pero fomentar las buenas relaciones familiares, adaptadas al nuevo funcionamiento del núcleo en el hogar.
Está claro que la adaptación a esta fase va a suponer todo un reto. Para las familias es un proceso de adaptación en el que pueden aparecer miedos, inseguridades… tristeza porque ya no son pequeños… Pero también orgullo, emoción… Tendremos que aprender a gestionar todo eso además de enseñarles a ellos y ellas a gestionarse a sí mismos.

¿Cómo lo hacemos?

Mostrando afecto y cariño: que se desapeguen más durante esta fase no quiere decir que no deseen ni aprecien muestras de afecto. Solo que tendremos que aprender a hacerlas de manera diferente. Igual ya no le apetece que, delante de sus amigos o amigas, le achuchemos y le digamos cuanto le queremos. Según que conductas de afecto, tendremos que moderarlas al contexto de intimidad de casa. Pero incluso, en público se puede mostrar el afecto de maneras más sutiles para que perciba el apoyo. Una simple sonrisa, por ejemplo, hará una importante función.

Fomentando la vida en familia: acciones tan sencillas como, en la medida de lo posible, sentarnos todos juntos a comer. Es probable que con el ritmo de vida que llevamos, para  muchas familias sea complicado… pero si se puede, sentarse todos juntos a comer, sin televisión y disfrutando de una conversación conjunta favorecerá el mantenimiento de lazos familiares y afectivos positivos. De esta manera, mantenemos el clima familiar idóneo sin tener que sacrificar poner límites cuando sea necesario.

Compartiendo momentos cotidianos: Compartir pequeños momentos como estar relajados en el sofá con una conversación agradable, cocinar un postre… Serán momentos ideales. También puede ser ver una película o una serie que os guste a ambos. Aunque mi recomendación aquí, sería compartir cosas que no impliquen audiovisual. Ya estamos rodeados y absorbidos a todas horas por las nuevas tecnologías…

Creando momentos familiares: Generad vuestras propias tradiciones, vuestros propios momentos… Si hay una buena noticia, si ocurre algo positivo, aprovechad para celebrarlo y/o darle la importancia que se merece y queráis darle.

Interesándonos por sus intereses y compartiéndolos: En esta época explorarán diferentes hobbies, experiencias… van a ver qué les gusta y qué no. Intenta buscar algo en común o si no interésate por eso que le gusta (¡genuinamente!). Es probable que en muchas ocasiones, intereses que tengan nos pillen un poco “fuera de juego” (no son los mismos intereses los que puedan tener los niños nacidos en plena era tecnológica, que los que podríamos tener nosotros) y sea complicado. Pero aún así, será necesario encontrar la manera de mostrar ese interés…
Aquí también me gustaría hacer un inciso y es que habrá que elegir también los momentos. Elegir un momento en el que el niño o niña está comunicativo. Si intentamos preguntarle sobre lo que hace cuando está absorto/a en una actividad, o tiene pocas ganas de hablar, fácilmente recibiremos ese temible “eres un/a pesado/a”. Cuando mostramos interés y curiosidad cuando quieren contarnos algo, o cuando iniciamos la conversación y vemos que están comunicativos, se sienten escuchados, comprendidos y valorados.

Dejándoles fracasar y tener éxito por si mismos/as: no necesitan ya una vigilancia constante, pero cuesta romper el hábito de protegerles siempre. Habrá que comenzar a dar espacio para que prueben cosas, dejarlos ir… y que aprendan a valerse por sí mismos cuando estén solos. Cosas tan sencillas como que se hagan ese corte de pelo tan horrible, que luego les parece un desastre… Siempre habrá que tener en cuenta que límites no son traspasables. Pero habrá que permitir que vivan, hagan, comentan y aprendan de errores que no supongan consecuencias graves. Y estar ahí para apoyarlos en el momento de realización del error.

¿Y la educación, los límites?
A pesar de aprender a dar cierto espacio no debemos olvidar que la familia es pilar clave en la educación y que siguen siendo niños. Los límites y las normas van a tener un papel importantísimo y, aunque ahora algunas cosas se “negocien”, habrá límites que no serán traspasables. Por ello, en esta etapa es importante que aprendas a diferenciar lo que de verdad importa de lo que no, dándole la libertad que necesita y siendo flexible y tolerante con ciertas cosas que igual no compartes. Pero sin flaquear en lo importante. Además, esta “flexibilidad” debería ser gradual y adaptarse al momento evolutivo del niño. No vas a “negociar” de igual manera con un preadolescente de 12 años, que con el mismo cuando entre ya a la adolescencia.

En los casos en los que negocies, puede que tengas que adoptar más el papel de fuente de información que de autoridad. Si quiere hacer algo que no te agrada pero no tiene consecuencias severas, infórmale del por qué no te agrada, que inconvenientes tiene y posteriormente le dejas elegir. No podemos controlar todo, por lo que habrá que centrar las energías de prohibiciones y castigos a aquellas situaciones que pueden tener consecuencias graves (durante esta etapa aparecen muchas conductas de riesgo relacionadas con los círculos sociales y tal vez será más importante incidir aquí). 

En esta etapa, con el establecimiento de límites pueden algunos padres y madres verse abrumados por perder el amor de sus hijos. Pero no tiene por qué ocurrir. Establecer límites no quiere decir que no sea con amor. Y si se hacen actividades juntos y se fomentan las relaciones positivas, el afecto y el clima cálido están ahí y no tienen por qué implicar un deterioro en la relación.

Si tenéis niños/as que estén  pasando por esta etapa y necesitáis asesoramiento, no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardají psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudaros.  

miércoles, 1 de febrero de 2017

¿Cómo hablar con un niño o una niña enfadados? Algunos “tips” para manejar la situación


Gestionar el enfado puede ser complicado tanto para niños como para adultos. Todos los niños y niñas se enfadan alguna vez y muestran “ataques de ira” más o menos escandalosos. Es labor de padres, educadores, y de todos los adultos involucrados en la crianza y/o la educación de los peques, la de instruir en habilidades para manejar y para comprender esas emociones. Ahora bien, aparte de realizar tareas que ayuden a generar conciencia y capacidades de regulación emocional, un componente clave (y también complicado) será aprender a hablar eficazmente a los más pequeños durante episodios de frustración y enfado.
Si seguimos una premisa básica como pauta general de actuación, siempre estaremos acertados. Esta consiste en primero, gestionarnos y poder comunicarnos desde la calma con el niño o niña. Si conseguimos esto, lo siguiente que tendremos que hacer será validar la emoción que está sintiendo: “Te estoy pidiendo algo que no te gusta y te ha molestado.” “Todos nos enfadamos alguna vez, las personas mayores también.” Y acto seguido, podremos centrarlo en soluciones o en buscar algo alternativo que hacer.
También va a ser importante transmitirle pautas para que pueda aprender a expresar sus sentimientos y su enfado. Ayúdale a explorar por qué se siente como se siente, permitiéndole explicar lo sucedido. Pero pídele que lo haga desde la tranquilidad, que te cuente, dile que le escuchas, pero que lo haga desde una voz pausada y normalizada. Podemos proponer por ejemplo, que nos vamos a quedar los dos en silencio un rato, hasta que se calme y podamos hablar.
Seguir esta estructura básica será de ayuda para gestionar las situaciones de enfado. No obstante, os dejamos algunos tips más concretos que podréis tratar de emplear en diferentes situaciones:
  • Transmítele al niño o la niña lo que tú percibes cuando se comporta de determinada manera. Si rompe sus juguetes, en lugar de decirle “deja de romperlos”, transmítele que parece que lo haga, por ejemplo, porque ya no le gustan. Y pídele que lo aclare. De esta manera favorecerás el diálogo y la expresión de sentimientos, para que pueda comprender su propio enfado.  Permítele conectar con la causa de su emoción para que pueda resolverla.
  • Valida sus emociones. Procura no decirle frases del tipo: no deberías sentirte así / ya eres mayor, no deberías llorar. Transmítele que comprendes su enfado, dile que los mayores también nos sentimos así a veces (decirle lo contrario sería mentir, y debe aprender a gestionarlo para hacerlo cuando llegue  la vida adulta). También puedes emplear fórmulas del tipo: “está bien estar enfadado”, o “comprendo que esto que ha ocurrido no te gusta, y por eso te enfada, pero…” y mantenerte firme en tu posición si se debe a una actitud desafiante. Una vez valides su emoción, proponle buscar una solución juntos.
  • Plantéale opciones. Cuando tienes que pedirle al niño o niña que haga algo que no quiere y deriva en enfado, plantéale opciones (que impliquen al final realizar la conducta que pedimos). Si por ejemplo, el vestirse por las mañanas supone toda una odisea. Puedes probar a darle a elegir entre si quiere vestirse antes o después de desayunar, pero acordad entre ambos que lo que decida deberá hacerlo. Las rabietas en los niños más pequeños se pueden emplear como manera de ejercer control sobre su entorno y de esta manera le ofrecemos el control a ellos (logrando que finalmente hagan lo que pedimos, pero sin degenerar en un conflicto mayor).
  • Céntrale en soluciones y ofrécele tu compañía y ayuda: a la hora de tener que recoger la habitación, por ejemplo, podemos tender a emplear discursos del tipo “¡Recoge o no sales de aquí!”. Esto va a generar conflicto entre ambos. Prueba a ponerle en marcha, hacia la soluciones: ¿qué te parece si empezamos haciendo la cama? Te voy a ayudar. La focalización en las soluciones será también muy útil cuando el enfado proviene, por ejemplo, de una situación en la que el niño o niña no paran de quejarse. Calmadamente, le podremos plantear: Te escucho, ¿podemos encontrar una solución?
  • Si grita, pídele que reformule lo que tenga que decirte en un tono normal. A veces no perciben o no se dan cuenta de que están gritando, o creen que así lograrán lo que desean. Solicítale, desde la calma (¡esto es muy importante!), que te lo diga con un tono de voz normalizado y pausado. Pídele que te cuente lo que le ocurre, calmadamente.
  • En lugar de repetir varias veces lo mismo, o plantearle “cuántas veces te lo tengo que decir”, devuélvele la pelota. Prueba a transmitirle: veo que me has oído la primera vez. ¿te parece que te lo diga, me lo repites y nos ponemos a ello?
  • No le digas que te está avergonzando en público. Puedes enviarle mensajes que luego, en la edad adulta, implicará dificultades para gestionar sus emociones. Es mejor que le plantees ir a un lugar privado para resolver lo que ocurre.
  • Cuidado con lanzar mensajes del tipo: “eres imposible” “eres lo peor” “no tienes remedio” y similares. Con ellos no resolvemos nada. Céntrate en su conducta y como comentamos previamente busca soluciones. Por ejemplo, para la situación de “eres imposible” podemos plantearle: cuando te comportas así, estás siendo imposible. No identifiquemos al niño con lo que hace.
  • Cuando no para de decirnos “no” a algo que nos dice, desde la posición de enfado, reconoce la negativa. Lánzale que entiendes que no quiere lo que le estás pidiendo, pero que hay que hacerlo. Y plantéale buscar una solución conjunta

Todo lo anterior puede ayudaros a aprender a gestionar las situaciones de rabia, frustración y enfado in situ con niños y niñas. Ahora bien, tendremos que aprender a adaptar estas pautas a la situación y al niño o niña en particular, así como a nosotros mismos; no se trata de reglas universales. Habrá situaciones en las que nos servirán y situaciones en las que nosotros también tendremos que buscar soluciones acerca de cómo comunicarnos con ellos y ellas. Pero esta guía nos puede ayudar para empezar a descentrarnos de “como es el niño” y centrarnos más en su conducta, ayudándole a explorar sus sentimientos.

Si te gustaría recibir orientación o pautas en términos de gestión emocional para los más peques, o tienes cualquier otra duda o necesidad relacionada con su crianza y bienestar emocional, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología.

Estaremos encantadas de ayudaros.


lunes, 14 de noviembre de 2016

Adopción: ¿Qué esperar a nivel afectivo?

Adoptar a un niño o niña suele ser un proceso largo, costoso y frustrante. Pero a la vez, se trata de un proceso vivido con ilusión y expectación, deseando que el nuevo miembro de la casa llegue para darle el cuidado y amor que merece y no ha podido darle su familia biológica. Adoptar a un niño es un acto valiente, ya que la familia no solo debe tener que enfrentarse al proceso de adopción sino a educar a un niño o niña, que si ya es tarea complicada, tendrá unas necesidades afectivas algo diferentes a las de sus iguales. Incluso los niños que son adoptados con menor edad, traen grabados en su cerebro recuerdos que aunque no expresen o recuerden conscientemente calan a nivel emocional. Estos niños no han desarrollado una vinculación adecuada y pueden presentar mayor propensión o riesgo a mostrar características emocionales y del comportamiento. Cuando hablamos del niño adoptado debemos prestar especial atención a esas necesidades afectivas y de vinculación que van a tener diferentes a las de otros niños. Hablamos de pequeños que han podido sufrir mucho hasta que han sido dados en adopción o que han pasado de una familia a otra hasta finalmente llegar a la familia adoptiva. En muchos casos han podido sufrir abusos físicos o por negligencia, lo que habrá dificultado en gran medida que establezcan vínculos afectivos y de apego seguros con su figura de referencia (en este caso, la madre y/o el padre).
La vinculación inicial durante los primeros años de vida se establece a través de la cobertura de las necesidades básicas: alimentación, sueño, cuidados y afecto entre los principales. Si esto se da, el niño o niña comenzará a generar una vinculación positiva. Si no, generará otros patrones de vinculación que son disfuncionales y afectarán en gran medida a cómo se va relacionando con su medio, su familia y otras personas a medida que crece. En los casos de adopciones, por desgracia, no es raro encontrar que durante los primeros años de vida haya habido importantes carencias en estas necesidades básicas. O que algunas hayan estado cubiertas pero no así la de seguridad, ya que ha habido algún tipo de maltrato. De este modo podría aparecer un vínculo evitativo/ansioso: me cuida pero me pega.
Se podría intuir que a medida que el niño va creciendo y viviendo en una situación de inestabilidad, mayor sería el efecto posterior de la vinculación no segura. Cuanto antes se produce la adopción, es más sencillo generar el vínculo con el bebé a través de los cuidados básicos el daño realizado será menor (y por ende menos que reparar a nivel emocional). Cuando son más mayores, la situación afecta en mayor medida al mantenerse durante más tiempo y ser vivido de manera más consciente y dolorosa. A ello se sumaría que el ir cambiando de casa de acogida a casa de acogida, hará que el foco de figura de referencia básica cambie constantemente y no se pueda vincular bien a nadie. No queremos decir que sea determinante 100% para su vida adulta ni que no sea mejor que esté en casa de acogida que en el contexto del que se saca al menor: si no que esa inestabilidad de ir de una casa a otra tiene un importante impacto emocional sobre él o ella que la familia final debe ayudar a encauzar y recoger. Es importante que la familia receptora conozca esto, ya que subraya la importancia de invertir en el establecimiento del vínculo positivo, acompañando al niño en todo el proceso de descubrimiento de la identidad y sin ocultar la condición de adopción.
Estos problemas de vinculación temprana pueden manifestarse en problemas de conducta en los años posteriores. Pueden ser desafiantes, desafiar el amor incondicional de la familia adoptiva, poniéndoles a “prueba”. Ante todo, es importante educar con disciplina pero mostrando amor incondicional. Como con cualquier otro niño – e incluso más. Necesita ver que aunque haga cosas que puedan disgustar, sus padres siempre serán sus padres y le querrán y apoyarán. De lo contrario, se refuerzan sentimientos de rechazo que arrastraría desde su infancia.
Esto afectará directamente también a como se vincula no sólo con el entorno familiar inmediato, sino con el resto de personas. La vinculación afectiva segura y positiva, cuando no se da en los primeros años de vida, afecta de manera importante en una etapa vital para el neurodesarrollo, la atención empática y la identificación y gestión de necesidades emocionales. Lo que implica es que condiciona su manera de sentirse en el mundo, pudiendo interaccionar con el entorno de manera más insegura, acercándose y alejándose, de manera ambivalente. A esto se sumaría que cuando proceden de otras culturas y países, pueden sentirse diferentes o recibir algún tipo de acoso escolar que incrementaría los problemas de vinculación previos.
Si bien se trata de algo serio, todo lo anterior no quiere decir para nada que la familia adoptiva no tenga nada que hacer al respecto ni que no pueda relacionarse de manera positiva con el hijo o hija adoptivos. Solo que deben conocerlo para esforzarse lo necesario en el establecimiento del vínculo paterno-filial, materno-filial, adecuados. Para ello, se trata de mostrar siempre amor incondicional. Un apoyo incondicional en todo. No caer en la permisividad, por supuesto, pero que el niño reciba directamente que no lo vamos a abandonar. Y siempre desde la honestidad y sinceridad: hablamos aquí, entre otras cosas, de la comunicación de la situación de adoptado. Ojo con los engaños acerca de la situación de adopción, una tarea importante es hablar abiertamente sobre ello a medida en que va preguntando. Y ayudarle a integrar el relato de la adopción en su línea de vida: nací en… mis papás no pudieron cuidarme… así que viajé… hasta que conocí a mis papás adoptivos, que estaban esperándome… para quererme incondicionalmente. Ayudarles a que integren en un continuo de su identidad la situación de ser adoptados. Apoyarles y acompañarles en este proceso ayuda también a generar el vínculo positivo. Y actuar sobre la afectividad ayudará a reducir conductas problema…
Para finalizar, si sois unos afortunados padres y/o madres de un niño o niña adoptados, os dejamos algunas indicaciones para favorecer el establecimiento de la afectividad positiva:
  • Dar cariño y cuidado incondicional.
  • Ser un pilar de apoyo y ayuda seguros, acompañándoles en su exploración del mundo. Que perciban que siempre estáis ahí.
  • Ayudarles a superar la desconfianza o el miedo a otros adultos, dejarse cuidar por la familia. O a la contra, educar para que no se acerquen de manera indiscriminada a cualquier persona (dependiendo de si hay excesiva evitación o excesivo acercamiento).
  • Intentar entender su conducta: si se porta mal, intentar comprender por qué. Podría ser por aprendizaje en función de su contexto pre-adoptivo. O por malestar emocional. Sea como sea, comprender por qué actúa como actúa y ayudarle a abordarlo.
  • Se consistente, predecible y repetitivo. Sobre todo si ha habido maltrato son muy sensibles a los cambios y la rutina les dará seguridad para ir construyéndola poco a poco.
  • Escuchar y comunicarse abiertamente.
  • Ayudarles a construir su narración vital, la historia de su vida.
  • Ser paciente en dos aspectos: el progreso del niño y el tuyo propio como madre o padre. Se paciente con el progreso del niño y con el tuyo como madre o padre.
  • Ayudarle a conocer las conductas prosociales y habilidades sociales.
  • Ayudarle a conocer y gestionar sus emociones.
  • Incluir a toda la familia para que se sienta un miembro más, aceptado y de igual valor y derecho. 

Ser padre o madre de un niño o niña adoptados es un reto añadido sobre el que ya supone educar a un niño. Ahora bien, no deja de ser algo posible y altamente satisfactorio. La adopción implica, al final, dar todo el amor que se tiene a un niño que lo merece y del que no se puede hacer cargo, por los motivos que sean, su familia biológica. 

Si os planteáis adoptar, o ya lo habéis hecho y necesitáis orientación profesional, no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud. 

martes, 11 de octubre de 2016

Rabietas infantiles: ¿Qué son, por qué surgen y cómo gestionarlas?

Todas las madres y padres sabrán en primera plana lo que son las rabietas y los berrinches en los más pequeños. Se trata de episodios en los que los niños expresan una gran cantidad de frustración e ira de manera muy llamativa, generando situaciones poco agradables tanto para los padres como para los niños que las tienen.
Estas rabietas comienzan a aparecer alrededor de los 2 años y pueden mantenerse hasta los 5-6, desapareciendo gradualmente con el tiempo a medida en que aprenden a gestionarse (y si no hay nada que les haga aprender que les sirven de algo). En un primer momento, surgen como modo de expresión de la frustración en un momento en el que no saben cómo hacerlo porque o bien no tienen capacidad de control, o bien no son capaces de expresar sus emociones mediante el lenguaje. Al principio, esto se debería a la etapa madurativa en la que se encuentran, ya que todavía no han podido desarrollar capacidades de racionalización e inhibición suficientes como para actuar de otra manera.
Generalmente, las pataletas se originan en situaciones en las que los niños no son capaces de acceder a sus deseos más inmediatos o cuando no se les deja hacer algo que quieren “ya”. La situación de espera genera esa frustración de la que hablamos anteriormente y que no saben canalizar todavía. Además, especialmente a los 2-3 años, los niños demandan más independencia y cuando algo no les sale porque todavía no tienen las habilidades necesarias sienten impotencia y se frustran; e intentar hacerlo por ellos puede desencadenar una rabieta, contrario a la intuición del adulto. Otros aspectos como el miedo a perder el afecto de los padres en algunas situaciones concretas pueden desatar estos estallidos de rabia. Por último, cabe destacar que en los más pequeños no ser capaces de comunicar adecuadamente una necesidad, algo que necesitan, puede generar también una rabieta.
Las rabietas resultan especialmente molestas para las personas de alrededor pero debemos considerar que también lo son para el propio niño, pueden acabar suponiendo para ellos y ellas un cierto estado de ansiedad. En el caso de situaciones en las que incluso tras ceder a sus deseos la pataleta no cede y no calma su desasosiego, estaríamos hablando de un considerable grado de ansiedad que podría acabar siendo problemático.
Sea como sea, tenemos que aprender a ver qué 1) las rabietas son algo normal durante los primeros años de vida y 2) como padres hay que aprender a gestionar las rabietas para que pasen dentro de la normalidad y no se vuelvan funcionales, en cuyo caso podrían verse mantenidas. En un primer momento y salvo que consiga algo de ellas, no lo hacen por fastidiar o desafiar. Eso ocurriría si les damos motivos para que tengan esta función.
Con respecto a esto último, comentamos a qué nos referimos. Si bien tienen su origen como expresión de la frustración cuando no conocen otro medio, pueden continuar ocurriendo si el niño ve que le sirven para algo. Cuando tener pataletas les permite conseguir lo que quieren, ya sea en forma de juguetes, de librarse de algo, de atención o cualquier otro elemento que deseen, las pataletas no solo tendrán esa función expresiva sino que se convertirán en un instrumento que emplearán a gusto. Van a comenzar a emplearlas para llamar nuestra atención, manipular nuestras decisiones o lograr que le demos algo que desean.
Llegados a este punto… ¿Qué puedo hacer yo como padre o madre frente a una rabieta?


  • Asegúrate de que el niño no se hace daño: Mantenerle seguro si le da un ataque o arranque de rabia es primordial, no podemos llegar al extremo de que se golpee, de patadas, arañe… Si está en un lugar en el que corre algún riesgo físico, se le llevará a otro lugar más seguro y le diremos que estaremos allí hasta que nos calmemos. Ahora bien, ojo con enviarle a la cama o al cuarto de juegos. En ese caso, sin querer podemos estar recompensando la conducta porque le mandamos donde tiene todo lo que le gusta hacer…
  • Conserva la calma, no grites ni te muestres alterado/a: Aunque parezca imposible. Debemos dar ejemplo manteniendo el control y sin dejarnos llevar por nuestros impulsos. Además, si entramos a discutir estamos prolongando sin querer la pataleta, ya que alimentamos el estado de activación e ira que de lo contrario bajaría por sí solo.
  • Cuidado con condicionar nuestro cariño a que se calmen: En ocasiones puede llegar a decirse “no te querré si haces eso” o “estás haciendo el ridículo” y grabándose en la memoria de los más pequeños si esta situación se mantiene.
  • No intentar hacer entrar en razón hasta que no “pase la tormenta”: mientras este en el momento álgido de la rabieta no lograremos nada. A medida en que se calme, ya abordaremos la situación conectando con sus emociones y elaborando lo ocurrido
  • Háblale con seguridad y mirando a los ojos: acuclíllate, ponte a su altura y mírale de tú a tú. Manteniendo el respeto, mírale hasta que mantenga la mirada para poder dialogar.
  • Espera a que se tranquilice solo: Si no logras nada hablando, esperaremos a que se calme solo. Sin atender a la rabieta hasta que se calme (por supuesto y de nuevo atendiendo a que no se haga daño).
  • Abordar el enfado cuando se halla calmado: alabando lo bien que ha logrado calmarse (ojo aquí, alabar el comportamiento en lugar de decir “qué bueno eres ahora” o similares). En este momento, abordaremos conjuntamente qué ha ocurrido y por qué, reflejando la emoción y conectando con ella (veo que estás enfadado por lo que ha ocurrido… Es normal cuando te molestas, pero ¿qué otra cosa podríamos hacer para que no ocurra?)
  • No recompenses ni castigues por una rabieta: Está bien hacerle llegar que la rabieta es terrible para él o ella y que comprendemos su sufrimiento. Pero no premiar ni castigar la rabieta ya que empezaremos a mantenerlas sin querer. Que no se salga con la suya pero tampoco alimentemos que es “malo” o “mala”. Transmitir comprensión y conexión con su sufrimiento aunque te mantengas firme sin ceder.
  • No temas las rabietas en público: Si tenemos excesivo cuidado o evitamos ir a determinados lugares por miedo a la pataleta el niño o niña se va a percatar y podría emplearlas como instrumento cuando no quiera ir a algún sitio.
  • Sé fuerte: si antes cedías a los deseos del niño o niña frente a una rabieta y dejas de hacerlo es probable que por un tiempo estas cobren más intensidad. Siempre procurando que no se haga daño, por supuesto, sigue las anteriores directrices y procura mantener tu autocontrol aunque resulte complicado.


Finalmente, cabe destacar que no sería realista esperar que un niño no tenga rabietas. Es un niño e incluso por muy bien que las gestionemos las seguirá teniendo durante un tiempo, es algo natural y una manera de expresión de la frustración cuando todavía no tienen medios para hacerlo de otra manera. Pedirle a un niño de 3 años que se gestione emocionalmente no es posible por el nivel madurativo cerebral, en el que las áreas emocionales juegan un rol mucho mayor frente a las racionales ya que estas están en desarrollo todavía y le va a costar. No obstante, tanto si no sabemos como abordarlo como si creemos que existe algún problema de mayor gravedad o que se han podido mantener debido a nuestra actuación, puede ser de utilidad la ayuda profesional. 
Si crees que podría ser vuestro caso, desde Martinez Bardaji psicología podemos ayudaros a ver cómo abordar estas rabietas, examinar por qué se producen o surgen y ayudaros en su gestión. 


viernes, 2 de septiembre de 2016

Burlas infantiles: cómo ayudar a niños y niñas a gestionarlas

Cualquier persona durante su infancia ha podido ser objeto de burlas en algún momento. Por ello, todos son capaces de percibir el impacto que pueden llegar a tener sobre una persona, incluso en momentos aislados. Del mismo modo, todos los niños son capaces de burlarse de otros y lo harán en algún momento. Ahora bien, mientras que algunos lo harán en momentos más aislados otros se convertirán en niños “burlones” que tienen estas conductas de manera habitual.

¿Por qué un niño se burla de otro?
Que un niño se burle de otro puede deberse a varias causas. Antes de nada cabe destacar que durante la infancia las burlas pueden darse, en primera instancia, a que todavía no se ha desarrollado del todo la capacidad de ser empáticos y ponerse en el lugar del otro. Por tanto, no tiene la capacidad de medir el impacto emocional que una burla puede tener sobre otra persona e incrementa la probabilidad de que se comporten de este modo. El desarrollo madurativo del cerebro es progresivo y hay puntos en los que los niños todavía no están preparados para desarrollar la capacidad de ponerse en el lugar del otro.
Tras los primeros años de vida se van adquiriendo estas capacidades y en este punto, serán elementos como  el contexto y características individuales (que también influirían en los años anteriores a pesar de todo) las que tendrán mayor papel determinante en estas conductas. Aspectos que pueden favorecer que un niño se burle de otro serán:
  • La imitación cuando crece en un contexto en el que observa comportamientos agresivos, físicos y/o verbales hacia otras personas.
  • Haber sufrido burlas, en cuyo caso la autoestima estará afectada y emplearán la burla como método de defensa.
  • Buscar aceptación y apoyo de un grupo, creyendo que será más fácil si muestra superioridad frente a otros niños o niñas.
  • Buscar atención de los iguales o figuras adultas (maestros, familiares)
  • Buscar un sentimiento de superioridad que emerge de sentimientos de inferioridad y baja autoestima.
  • Tener celos o envidia del niño objetivo de burlas por algo en concreto.

¿Qué efectos tienen las burlas y humillaciones?
Se dice que las burlas y las humillaciones duelen y ese dolor es real. Investigaciones recientes han encontrado que la humillación es una de las emociones que el ser humano vive con mayor intensidad, más incluso que la alegría o la ira. De hecho, a nivel cerebral se ha encontrado que las humillaciones activan algunas de las conexiones neuronales relacionadas con la percepción del dolor, acertamos empleando esa palabra. Considerando este gran impacto que pueden tener las burlas a nivel cerebral, sobre todo cuando se perciben como humillaciones, es comprensible que mantenidas en la infancia tengan consecuencias posteriores en la adultez (ya sea en forma de inseguridades, sentimientos de inferioridad o agresividad reactiva).
Casi todos los niños tienen que hacer frente a burlas en algún punto de su vida (ya vengan de compañeros de clase, amigos, hermanos, primos…) pero esto no quiere decir que todos sepan cómo manejarlas ni que a todos les afecten por igual.  Serán más vulnerables a los efectos de las burlas y a sufrirlas aquellos niños que:
  • Se perciben diferentes a los demás (por ejemplo niños con sobrepeso, que no se han desarrollado a la par que sus iguales, niños con defectos físicos…)
  • Niños que actúan de manera diferente a los demás (por ejemplo si sufre de tartamudeo o habla con un acento que los demás puedan percibir como extraño)
  • No saben cómo reaccionar frente a las burlas

La reacción que tengan supondrá un punto de inflexión en cuanto a si la situación se mantendrá o no en el tiempo y en cuanto a cómo de aversivo será el impacto emocional en el niño. Además, debemos tener en cuenta que pueden darse en cualquier entorno a pesar de los esfuerzos tanto por parte de familia como de la escuela. De ahí la importancia de que ayudemos a los más peques a generar unos recursos básicos que les permitan afrontar estas situaciones.

¿Qué puede hacer la familia para ayudar a los niños a gestionar las burlas?
Antes de nada, cuando hay burlas debemos examinar qué está sucediendo.  Descubrir si está siendo víctima de ellas por algo en concreto (un componente físico, alguna conducta diferente a los demás, si el niño o niña está haciendo algo que las provoque…) y si se trata de algo aislado o estamos hablando de una situación mantenida en el tiempo. En este último caso hablaríamos de acoso y deberíamos ponernos en contacto con la escuela cuanto antes.
Posteriormente, podemos instruir al niño o niña en la gestión de las burlas:
  • Enseñarle a ignorar las burlas: Explicar que sólo eso puede hacer que desaparezcan, que cuando los burlones se dan cuenta de que lo que dicen no tienen el efecto deseado (producir enfado o vergüenza, hacer daño) dejan de hacerlo. Como se lleva diciendo tantísimos años, “a palabras necias oídos sordos” y “dos no se pelean si uno no quiere”.
  • Enseñarle a responder con rapidez e ingenio para “desarmar” al burlón. Lo que se consigue así es dejar perplejo al otro, confundirle y mostrarle que la burla no ha tenido efecto. Por ejemplo, cuando a un niño o niña le llaman cuatro ojos, le podemos proponer que responda: “gracias por darte cuenta de las gafas, ¿a que son bonitas?”.
  • Inculcar el sentido del humor y la habilidad de reírse de sí mismos, de manera que puedan emplearlo como recurso a la hora de responder de manera ingeniosa a las burlas. Además, minimizará su impacto.  
  • Si la burla viene por un defecto físico que no se puede corregir, el primer paso parte en ayudar al niño a aceptar esa situación. Ponerle ejemplos de otras personas que sean igual y lo hayan superado es bueno. Si interioriza ese defecto y lo acepta va a cambiar en gran medida la marca emocional que puedan producir las burlas.
  • Fomentar su sentimiento de control y manejo de la situación: proponer la solución activa de problemas. Plantearle al niño que cómo se le ocurre que pueda manejarlo, qué podría contestar para dar una respuesta ingeniosa…  
  • Enseñarle que pedir ayuda no es malo y que lo haga cuando la necesite. Hay que enseñarles que pedir ayuda demuestra también valentía. Esto es de gran importancia, deben sentirse apoyados y protegidos en todo momento y además así prevendremos que pueda llegar a una situación de acoso. Poniendo ejemplos de nosotros mismos en la infancia, de momentos en los que hemos pedido ayuda, podría resultar más fácil que se atrevan a hacerlo.
  • Educar en asertividad: tener la capacidad de responder a las burlas de manera asertiva puede ayudarles en gran medida a gestionarlas de manera óptima.
  • Fomentar que tenga un círculo de amistades positivo, animándole a compartir tiempo con otros niños: que el niño o niña tenga un círculo social de iguales en los que se relaciona adecuadamente mitigará el impacto emocional de las burlas. Además, si tiene un círculo o red de apoyo es menos probable que los niños “burlones” le tomen como objetivo.

Además, es de gran importancia que los padres muestren una gran comprensividad frente a estas situaciones. Es tarea de los padres escuchar al niño o niña y validar las emociones que está teniendo. Es lógico y correcto que una burla le afecte, lo que no debemos hacer es negar que se sienta así o decirle “seguro que no ha sido para tanto”. Mostrar empatía y comprensión ayudará a gestionar el impacto emocional de la burla, se sentirá apoyado minimizando el impacto negativo.

Por último, debemos recordar que además de mostrar apoyo y dar recursos, deberemos atender siempre al por qué está ocurriendo y si es aislado o se mantiene. De nuevo recalcamos que esta situación si se mantiene podría derivar en acoso, momento en el cual hay que comunicarlo de manera inmediata al centro escolar para abordarlo a la mayor prontitud. Ninguna manera de agresión o acoso es – ni debería ser – tolerable.