viernes, 18 de agosto de 2017

Establecer una rutina diaria con los más pequeños: ¿Para qué y cómo hacerlo?

Establecer hábitos dentro de una rutina es fundamental durante el desarrollo infantil. En ocasiones, padres y madres pueden desesperarse porque afirman que los niños están muy nerviosos e intranquilos. Que no comen bien, no descansan, están inquietos…  Y en ocasiones, cuando no existe un problema grave de trasfondo, la causa radica primordialmente en la falta de establecimiento de una rutina.

Establecer una rutina y organización en la vida diaria de los más pequeños (horarios, comidas, sueño…) resulta beneficioso y necesario ya que les aporta estructura. Favorece que se sientan seguros y tranquilos en el ambiente familiar, favoreciendo los cimientos para un buen equilibrio emocional. La importancia del establecimiento de una rutina y organización reside en que así conocen qué hacer en cada momento, qué normas y qué limites existen en casa y van adquiriendo responsabilidades,desarrollando habilidades de organización por sí mismos. Por último, se traduce en el funcionamiento diario ya que saber lo que viene después permite optimizar la utilización de sus recursos cognitivos.

¿Qué debemos tener en cuenta a la hora de establecer rutinas?
Es tarea de las familias la educación de los niños. Ellos no tienen todavía capacidad de establecer rutinas y si les permitimos un libre albedrío, sabemos que la desorganización será enorme, sobre todo cuando más pequeños son.  La habilidad de organización y establecimiento de rutina es algo que deben adquirir durante su desarrollo y con lo que a priori no constan.

Teniendo en cuenta esto, les enseñaremos a hacerlo imponiendo nosotros un horario. A qué hora se come, a qué hora se lavan los dientes, a qué hora se baña… Por ejemplo. Asignaremos un horario a cumplir con la mayor exactitud posible, dando estabilidad y permitiendo que sepan siempre lo que toca. Por ejemplo, un niño puede saber que después de cenar “tocan” dientes, cuento, y dormir. Si bien todos sabemos que esta tarea puede ser complicada de realizar, llevar a cabo esta rutina todos los días hará que el niño implemente los hábitos y cada día será un poquito más sencillo y facilitará la tarea a los padres.

No obstante, a medida que crecen, esta rutina no irá tan directamente impuesta de nuestra mano. A la hora de  pautar cuando hace según qué actividades (por ejemplo, a qué hora hacer los deberes), será beneficioso incluir a los niños en la toma de decisiones. No se trata de dar un libre albedrío completo, ya que siempre tendremos en cuenta unos límites. Pero sí podemos darle opciones (que no disten mucho entre sí, de manera que no nos alejamos de lo que desearíamos) y que se sienta partícipe de la decisión. De esta manera se compromete en mayor medida y colabora más.

¿Qué hábitos y actividades debo incluir en la rutina diaria?
En parte dependerá de la dinámica familiar y el día a día del niño. No obstante, existen algunas áreas que siempre deberán ser incluidas y pautadas, a nivel de hábitos y actividades, que os comentamos a continuación.
  • Alimentación: Debemos pautar las comidas. Cuándo se come, dónde se come, quiénes comen. Que identifiquen los momentos del día que corresponden a cada comida y lo que implica, manteniendo la misma dinámica todos los días.
  • Sueño: Similar al caso anterior, cuándo se duerme y donde se duerme. Qué se hace antes de dormir, y que no se hace una vez nos acostamos. De nuevo, mantendremos la dinámica a diario.
  • Higiene: Todos los hábitos de higiene deben ser interiorizados desde la primera infancia. Aseo básico, dientes, baños/duchas… Tendrán que identificar cuando (por ejemplo, los dientes inmediatamente después de comer para que no se nos olvide; La ducha por las tardes después de ir al parque…) y hacerlo siempre de esta manera. Mantendremos la dinámica a diario.
Estos tres hábitos son los primeros que tienen que aprender los más pequeños de la casa. Se establecerá una misma rutina diaria para estos hábitos desde un inicio y en la medida de lo posible. Además, son actividades relacionadas entre sí y podrán establecer un orden en ellas (como se comenta anteriormente; sabe que después de cenar toca aseo, y después de ello alguna actividad como un cuento y dormir. Pero para lograrlo tendrá que mantenerse la rutina durante todo el tiempo). Consideraremos también las siguientes tareas:  
  • Deberes/estudio: Cuándo y dónde se hacen las tareas del colegio y se estudia. Cómo debe estar el entorno, qué debe y que no debe estar sobre la mesa. Generar rutina en este ámbito ayudará incluso a su desempeño escolar.
  • Juego: Cuándo y con qué condiciones pueden jugar. Qué tareas tienen que cumplir antes de poder jugar o bajar al parque.
  • Tareas diarias: A medida en que van creciendo y se les adjudican diferentes tareas en casa o de auto-cuidado, se pautarán dentro de una rutina.
Por supuesto, en función del funcionamiento de cada casa, de las actividades que realicen… estas pautas se adaptarán de una manera o de otra. Sobre todo, resultará fundamental que los hábitos de alimentación sueño e higiene se incluyan adecuadamente en la rutina, ya que influirá incluso en los niveles de nerviosismo que pueda mostrar el niño o niña.

Si necesitáis orientación, no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudaros. 

jueves, 27 de julio de 2017

Gestionando el tiempo libre de niños y niñas en verano

Nos encontramos casi en el ecuador del verano, tan deseado y motivo de alegría para niños y niñas. Han cambiado la rutina de colegio por tener casi tres meses de tiempo libre. Se intercambia el material escolar y las mochilas del cole por bañadores, aire libre y mochilas de piscina. Aparece una increíble energía que quiere disfrutar del verano, lo que puede suponer un momento de cavilaciones y decisiones para las familias.

Y es que de la mano del verano nos vamos a encontrar con diferentes situaciones. Es posible que durante el período vacacional de los niños, nos toque trabajar. O que
podamos disfrutar de todo el período vacacional con nuestros hijos e hijas. Sea como sea, nos vamos a encontrar con una incógnita: ¿Cómo manejo tal cantidad de tiempo libre con los más pequeños?

Gestionando el tiempo libre de los peques de la casa
Cómo se gestione finalmente el tiempo libre de los más pequeños dependerá directamente de cada situación familiar. Sea como sea, siempre aparecerán preguntas del tipo: ¿Qué actividades pueden hacer? ¿Cómo sería bueno gestionar su tiempo? ¿Ponemos una rutina o dejamos plena libertad? ¿Y los deberes?

Por supuesto, no existe una fórmula única y secreta acerca de como hacerlo. Tanto si trabajamos como si tenemos tiempo libre, habrá que pensar qué opciones tenemos. Y es que incluso aunque tengamos la posibilidad de pasar todo el verano con nuestros hijos, también necesitamos tiempo para nosotros mismos.

Tanto en una situación como en otra, nos tocará programar actividades diferentes en que ese tiempo libre. Os comentamos ahora algunas ideas…

¿Qué opciones tengo cuando tengo que trabajar?
Cuando el componente económico no es demasiado problemático, una opción a considerar es el de inscribirles en actividades de verano: campamentos, colonias urbanas, deportivas, musicales…. Tenemos actividades para elegir. Incluso, algún curso de verano de esa actividad que nos lleva diciendo tiempo que quiere probar… ¿por qué no? Tal vez descubra una nueva afición.
Participar en actividades de este tipo durante el verano supone una experiencia que puede ser muy positiva para niños y niñas. Mediante ello, conocen a niños y niñas de su edad, interaccionan y generan nuevas relaciones sociales. Aprenden nuevas actividades. Y pueden vivir experiencias y vivencias muy emocionantes.

Ahora bien, no nos es ajeno que a veces el componente económico puede resultar problemático. En estos casos, si se tiene una red de apoyo familiar, esta suele ser la salida empleada con mayor frecuencia (y así también disfrutan los niños con sus familiares). Además, frente a estas situaciones, conviene informarnos de los diferentes recursos que pudieran existir en nuestra ciudad.

¿Cómo les proponemos la actividad?
Aquí me gustaría incidir en que en este ámbito, como en cualquier otro, tenemos que aprender a escuchar y a tener en cuenta lo que quieren y piensan nuestros hijos. En estas ocasiones, podemos plantearles la posibilidad de apuntarles a una actividad. Y pedirles que, conjuntamente, elijáis que actividad quiere. Si quiere un campamento con determinada temática, por ejemplo, dentro de las opciones que hayamos bajado previamente. Podemos darle 2 o 3 opciones y que decidan que les gusta más.

Con ello, se sentirán escuchados y fomentaremos su autonomía si deciden a qué actividad apuntarse. Además, seguramente irán con una actitud más favorable y dispuestos a participar ya que sentirán que ha sido una decisión que nace de ellos y no una “imposición” ni un modo de “librarnos de ellos”.

¿Cómo gestionamos el tiempo cuando por fin podemos compartir el período de vacaciones?
Todas las opciones comentadas hasta aquí serían igual de buenas en caso de tener nosotros vacaciones durante todo el verano. Que realicen alguna actividad de verano (por ejemplo, un campus deportivo), nos permitirá tener rato para nosotros mismos y poder estar con energía recargada aquellos ratos que compartamos tiempo con los pequeños de la casa. Nos merecemos y necesitamos nuestros momentos de descanso y tendremos que buscarlos de alguna manera.

En los ratos en los que compartamos tiempo, podemos aprovechar para hacer todas esas actividades que deseábamos. Y si son al aire libre… ¡mejor! Hacer excursiones, ir a la piscina, a la playa, al parque… montar una acampada con una toalla, irnos con la bicicleta... Podemos dar rienda suelta a la imaginación, sin necesidad de gastar dinero y disfrutando de tiempo en familia. No tenemos que complicarnos la vida en ese sentido.

Entonces… ¿llenamos de actividades su verano?                                   
Ojo aquí. Hasta ahora, hemos dado algunas ideas en caso de que no podamos pasar tiempo con ellos por trabajo, y sobre qué hacer cuando compartimos el tiempo. Pero tampoco se trata de llenar el verano de los niños de actividades de manera masiva, ni estar el 100% del tiempo con ellos.

Los niños tienen que aprender también algo muy importante: a estar aburridos, a no “hacer nada especial” y a hacer cosas consigo mismos. Está bien que tengan “tiempos muertos” en los que ser creativos y decidir qué hacer con su tiempo libre. Tampoco se trata de dejarles la consola para que se entretengan con ella todo el día… Que se aburran y den rienda suelta, sin aparatos electrónicos. Que propongan actividades, que colaboren con nosotros para planificar lo que haremos cuando salgamos, que nos cuenten como van a resolver esos ratos de aburrimiento…

Y… ¿qué hay de los límites y la rutina?
Por supuesto, el verano supone un período en el que pueden disfrutar del tiempo libre, en el que divertirse… Pero siempre van querer más. Hasta cierto punto, tendremos que marcar ciertos límites. Cuando hablamos de límites, hablamos de marcar qué responsabilidades tendrán durante este período los niños; que privilegios; que horarios. Se trata de normalizar un poco el día a día, ya que han pasado de estar centrados en el estudio (su primordial responsabilidad en esta edad, tal y como lo perciben) a “no tener ninguna responsabilidad”.  Si pautamos ciertos límites, podremos gestionar mejor todo este tiempo libre.

Disfrutar de tiempo juntos
Sea como sea, mientras podamos, tenemos que aprovechar el verano y nuestras vacaciones para dedicarles tiempo a nuestros hijos. Algo tan sencillo como compartir momentos, nos permitirá fomentar una relación positiva en familia y disfrutar juntos de nuestro verano.

Si necesitáis orientación, no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.

Estaremos encantadas de ayudaros.


jueves, 22 de junio de 2017

Fomentando una autoestima sana en niños y niñas: Pautas de actuación

La autoestima se entiende como la auto-valoración que hacemos las personas sobre nosotros mismos, tanto a nivel físico como psíquico. Se ha definido como una serie de creencias o sentimientos, de percepciones hacia y sobre nosotros. Comienza a forjarse ya durante las primeras etapas de la vida, durante la infancia, y se va instaurando y consolidando en mayor medida en los años posteriores. No obstante, cómo comienza a fundamentarse en los primeros años de vida tendrá importantes influencias incluso en la vida adulta.

La autoestima se va forjando inmersa en cantidad de factores que le van a influir. Entre los más importantes, encontramos factores personales y como los percibe el niño o la niña así como cómo los percibe su entorno (imagen, habilidades…). Las personas significativas para el/la niño/a  son un factor clave como influente en la formación de la autoestima (relación con los padres y madres, con amistades, con profesores… ). Además, un último factor de gran influencia (entre muchos otros que también incidirán) será la cultura y las creencias e ideas compartidas por la sociedad en la que vivimos. En parte, la valoración que un niño/a comienza a realizar de sí mismo/a está altamente ligada a la valoración que recibe por parte de las personas de su entorno, en especial de las principales figuras de apego (familiares cercanos, padres, madres, abuelos/as…), además de verse influidos de las creencias compartidas en sociedad (aunque estas inciden en mayor medida en la preadolescencia y la adolescencia).

Identificar a niños/as que tienen una autoestima sana y positiva o no puede ser apreciable a simple vista. Quienes están desarrollando una autoestima sana, tienden a verse más eficaces en el manejo de situaciones en su día a día y en su capacidad de enfrentar frustraciones y resistir presiones. Además, se ven más felices, se les puede ver sonreír y disfrutar en mayor medida. En cambio, niños y niñas con baja autoestima tienen a ser más ansiosos/as, y a tener mayores niveles de frustración. En muchas ocasiones pueden tender a rehuir actividades (académicas, deportivas, sociales), a engañar o a tener conductas agresivas. Incluso, puede percibirse la falta de confianza en sí mismos/as de manera manifiesta.

Fomentar la autoestima de los hijos puede parecer una gran responsabilidad para padres y madres.  Como comentamos al principio, son múltiples los factores que inciden, a lo que debemos sumar que los diferentes momentos y situaciones vitales harán que la autoestima varíe. Aún así, la base necesaria reside en que siempre se mantenga un trasfondo de orgullo y respeto por sí mismos, que se puede cultivar desde la relación en el hogar.
A continuación, os dejamos algunas pautas que podéis emplear para fomentar una autoestima sana en los más pequeños, a pesar de sus fluctuaciones:  

  • Compartir tiempo exclusivo con los hijos: Los niños/as tenderán a reclamar y solicitar nuestro tiempo, aunque en muchas ocasiones puede no ser posible. Aún así, es importante que les hagamos saber que siempre dedicaremos un tiempo para ellos (ahora mismo no puedo jugar contigo, pero en un rato, cuando termine, hacemos algo juntos/as). Es importante que en este momento elegido les dediquemos tiempo de verdad, atendiéndoles. De esta manera se sienten valiosos y valorados por nosotros, y podrán hacer lo mismo consigo mismos tras percibirlo por nuestra parte.  
  • Escuchar activamente a los/as niños/as: Al sentir que les escuchamos, sienten que estamos valorando lo que tienen que decir y sus pensamientos. Percibirán su discurso y sus opiniones como valiosas (porque les lanzamos el mensaje de esta manera de que lo son), fomentando una autoestima y autoconceptos positivos.
  • Elogiarles, pero no exagerar: Es importante elogiar y hacer resaltar las cualidades que tienen, fomentando que las integren y las perciban. Habrá que tener cuidado de no hacerlo por absolutamente todo ni en todo momento. Los elogios serán específicos, señalados y sinceros. Cuando algo se les da bien, las cosas salen bien, etc, merece que se lo digamos y valoremos. Así ellos/as sabrán hacerlo también.
  • Evitar las etiquetas: Tenemos que tener especial cuidado con las etiquetas del tipo “tonto”/”listo”, “bueno”/”malo”, etc. NO ayuda a fomentar una autoestima sana. Cuando hagan algo bueno o malo, es mejor centrarnos en el acto y no en lo que “es” el niño o la niña si hace eso. De lo contrario, si se quedan anclados a una etiqueta, obtenemos un resultado contraproducente.
  • Evitar las comparaciones: En muchas ocasiones podemos tender a la comparación, cuando los niños se comportan mal. Tendemos a comparar con sus amistades, primos/as, hermanos/as… Lo que mantenido puede afectar a su autoconcepto. De esta manera no fomentamos que el niño o la niña se acepte como es, cuando tendrían que percibir que todos somos diferentes y no nos hace más o menos válidos.  
  • Olvidarnos de exigirles la perfección: Cuando se les exige demasiado y se emplea un estándar muy alto, generalmente logramos que sean muy autoexigentes (demasiado). Esto puede afectar a su autoestima y autoconcepto. La perfección no existe, por lo que fijar metas demasiado altas que no son realistas y no se van a alcanzar, generará sentimientos de frustración y percepción de fracaso que afectará a su autoestima directamente.
  • Valorar el esfuerzo: Frente a centrarnos en los resultados, tanto si son buenos como malos, centrarnos en el esfuerzo. Por ejemplo, frente a la nota de un examen. Valorar el esfuerzo que han realizado y todo lo que han estudiado más que el que hayan obtenido una nota x. Es mejor reforzar la constancia y el esfuerzo para desarrollar estas habilidades que el resultado, ya que si solo se valora el resultado pueden hacer su autoestima dependiente de ello.
  • Estimular la toma de decisiones: Es una habilidad que deben desarrollar para poder ejecutarla adecuadamente en su vida adulta. Una técnica para estimular la toma de decisiones dentro de unos márgenes, es darles opciones. Si queremos que hagan algo, darle dos o tres opciones similares con resultado similar. Así fomentamos su capacidad y sentimiento de elección.
  • Fomentar su autonomía con responsabilidades ajustadas a la edad: Asignarles responsabilidades que correspondan con su edad implicará dos cosas. Por un lado, fomentamos el sentido de la responsabilidad. Por otro, su autoconcepto al sentir que los vemos capaces de realizar las tareas que se hayan asignado.
  • Fomentar su capacidad de resolución de problemas: Ningún padre ni madre quiere ver a sus hijos fracasar. Pero es clave que cuando cometen un error o surge un problema, vayan incrementando su habilidad para resolverlo. En lugar de protegerlos y solucionar todo por ellos, en la medida de lo posible, fomentaremos que lo hagan ellos mostrándonos de su lado o resolviéndolo de manera conjunta.
  • Fomentar sus intereses y habilidades: Conocerles y escucharles para interesarnos por aquello que les gusta y les interesa, hará que se puedan sentir más valorados y así se puedan valorar mejor. Además, fomentar que desarrollen las habilidades que tienen o que descubran sus intereses incrementará el repertorio de habilidades e intereses, implicando un factor de resiliencia para su autoestima.
  • Educar con cariño pero con firmeza: Una manera de fomentar la autonomía y el desarrollo emocional sano (incluyendo la autoestima) es educar con disciplina y límites, pero siempre desde el cariño y el respeto hacia los/as niños/as.
  • Educar emocionalmente: Validar y etiquetar sus emociones, ayudando a que las comprendan y gestionen. Si se hace daño, si se enfada… en lugar de decir siempre ¡no pasa nada! Etiquetar la emoción, validarla, y centrarle en soluciones. Ayudarle a manejar la frustración. De esta manera, tendrá una conciencia emocional que fomentará esa autoestima sana de la que hemos hablado.

Todo lo anterior  son pautas de actuación que nos pueden ayudar en el día. Son pequeñas acciones que podemos incorporar en nuestra manera de relacionarnos con nuestros hijos, de manera que favorecemos la construcción de una base de autoestima sana y sólida. No obstante, en ocasiones, inciden otros factores emocionales, del entorno, etc, a los que tendremos que prestar atención. Si vemos cambios de conducta, apatía mantenida, que el niño o la niña se han vuelto muy ansiosos, que hay una manifiesta falta de confianza en sí mismos… Es posible que necesitemos acudir a ayuda profesional. Esta se ha mostrado altamente eficaz, sobre todo cuanto antes se aborda la situación.

Si necesitáis ayuda u orientación, no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.

Estaremos encantadas de ayudaros.



miércoles, 10 de mayo de 2017

Ansiedad en la infancia: ¿Qué es y como se manifiesta?

La ansiedad y el miedo son emociones que todas las personas sentimos y que también van a aparecer durante la infancia. Si bien la infancia parece asociarse a una etapa “sin preocupaciones”, alegre y feliz, a lo largo del desarrollo vital los niños sentirán y gestionarán estas emociones. La ansiedad y los miedos durante la infancia, en fases puntuales, son normales y no tienen por qué preocupar a las familias salvo que se mantengan en el tiempo o que interfieran en la vida diaria del niño al ser demasiado elevada. En general, estos miedos y ansiedades suelen ser de corta duración y vienen dados por contextos situacionales como la oscuridad, circunstancias climáticas, personajes, conocer a personas desconocidas y similares.

En las ocasiones en las que la ansiedad se torna persistente en el tiempo, es elevada e
interfiere con el funcionamiento y la vida diaria del niño o la niña, además de en el funcionamiento familiar, sí que podríamos hablar de una ansiedad problemática. No obstante, los problemas de ansiedad durante la infancia pueden abordarse psicológicamente y suelen tener un buen pronóstico, mejor cuanto antes lo detectemos e intervengamos.  

¿Qué tipos de ansiedad pueden aparecer durante la infancia?
Principalmente, son tres tipos de ansiedad los que tienen mayor frecuencia de aparición en la infancia y deben ser abordados a expensas de no derivar en un trastorno de ansiedad severo posterior.
Durante los primeros años de vida, los problemas de ansiedad suelen tener relación con la separación de los padres/madres y personas más allegadas. En estos casos, enfrentarse a la situación de, por ejemplo, tener que ir al colegio y separarse de los padres, hacer excursiones o quedarse a dormir en casa de otra persona, genera importantes niveles de ansiedad y el niño/a reaccionará de manera exagerada para poder mantenerse al lado de sus figuras de apego.
A medida que son algo más mayores sin entrar todavía en la adolescencia, otro tipo de ansiedad que se puede dar es la ansiedad social. Aparece con un fuerte temor a las situaciones sociales, junto con carencias en la interacción con sus iguales y un intenso miedo a ser rechazado/a.
Por último, la ansiedad generalizada puede aparecer también en niños y niñas y en adolescentes. Esta se manifestaría a través de preocupaciones exageradas y constantes por diversas temáticas. En ocasiones se acompañaría de altos niveles de perfeccionismo, responsabilidad y autoexigencia, y genera importantes niveles de malestar al niño/a.

¿Cómo identificar la ansiedad en los niños?
En primer lugar, habrá que atender a si han aparecido cambios en el comportamiento habitual del niño o niña y si difiere del comportamiento esperado para otros niños de su edad. Cuando hablamos de ansiedad, podemos tender a buscar inquietud y nerviosismo elevados, a un niño o niña muy movidos… pero debemos tener en cuenta que esta puede manifestarse conductualmente o no. Al igual que pasaría con una persona adulta, la individualidad e idiosincrasia de cada uno es fundamental y distintos niños manifestarán la ansiedad de diferente manera. Mientras que habrá niños en los que se evidenciará un elevado nerviosismo e inquietud, otros pueden tender a una mayor inhibición, permanecerán siempre conformes y quietos, serán más callados y en ocasiones pueden tender a pasar desapercibidos. Son niños que “no dan problemas”.  Independientemente y como se comenta al principio, el primer factor clave será atender a si aparecen cambios acusados en el patrón conductual habitual del niño/a.

A partir de aquí, algunos signos que podrían indicar un problema de ansiedad (aunque su manifestación no necesariamente significa que haya un problema de ansiedad; será un profesional quien deberá evaluarlo) son:
  • No querer ir a la escuela y evitar conductualmente acudir, a través de rabietas y/o manifestaciones de malestar
  • Constantes quejas acerca de síntomas físicos y/o de enfermedad, requiriendo de la  y atención paterna y/o materna
  • Tensión y rigidez físicas notable
  • Manifestaciones de pensamientos repetitivos y constantes de temor por temas como la seguridad propia, de los padres y/o tutores y de las personas que le rodean
  • Manifestaciones de preocupaciones exageradas por cosas que no han sucedido
  • Búsqueda de consuelo constante y dependencia de la figura adulta de apego para calmarse
  • Dependencia de los adultos superior a la habitual para la edad
  • Temor a dormir en un sitio diferente al hogar, dificultad para estar en otros lugares
  • Temor exagerado a quedarse solo o sola en cualquier contexto
  • Ataques de pánico y rabietas exagerados a los contextos y situaciones temidos
  • Dificultad para relacionarse con otros niños/as e incluso con familiares, pocas amistades en su círculo cercano
  • Manifestación de síntomas físicos/de enfermedad frente a situaciones sociales

En la mayoría de ocasiones, padres y docentes son los primeros en evidenciar estos síntomas. Es fácil que la manifestación sea mayor en el colegio al no estar con los padres si estos suponen un punto de seguridad frente a su ansiedad. Sea como sea, en cuanto se identifican posibles signos y cambios de comportamiento importantes se recomienda acudir a ayuda profesional, de manera que se pueda valorar y abordar cuanto antes. Así, aseguramos poder intervenir lo antes posible para mantener el bienestar del niño o la niña, antes de que pueda desarrollarse un trastorno de ansiedad severo. El tratamiento psicológico en estos casos suele mostrar muy buenos resultados, adecuándose siempre a las necesidades de cada caso en particular.

Si tenéis dudas o necesitáis ayuda u orientación no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudaros. 

miércoles, 26 de abril de 2017

Sobreprotección infantil: ¿Qué es y qué efectos tiene?

Cualquier madre y padre desean lo mejor para sus hijos. Cuando hay pequeños en casa, es inevitable, natural y lógico preocuparse en gran medida por su bienestar y sus cuidados e intentamos, siempre, que sean felices y que no sufran. No obstante, en ocasiones podemos sobrepreocuparnos y caer en un error que deberemos corregir: la sobreprotección. A pesar de que surge del desear lo mejor para niños y niñas, sobreprotegerles tendrá consecuencias negativas en su futuro. Cuando lo hacemos, interferimos en el desarrollo de estrategias y habilidades para su vida. El coste de que ahora estén “protegidos al 100%” será el de interferir en el desarrollo de su seguridad, independencia y estabilidad.

¿Qué es sobreproteger?
Antes de nada, tenemos que comprender qué es la sobreprotección. Sobreproteger significa resolver y solucionar por los hijos aquellos problemas y situaciones del día a día que están capacitados a afrontar,  pero que resolvemos por temor a que no lo logren o a que lo hagan mal y esto les genere sufrimiento. Sobreproteger va más allá de darles cariño, afecto, apoyo y atender sus necesidades y cuidados físicos y emocionales. Llega hasta casi el vivir y pensar por los niños.  Algunos ejemplos podrían ser limitar todo su juego para que no se hagan daño; no pasa nada si se caen, estaremos allí para ayudarles, pero tenemos que permitirles vivirlo. Otros ejemplos son, por ejemplo, hacer las tareas por ellos si les cuesta realizarlas, en lugar de simplemente darles cierto apoyo si lo solicitan y que vivan lo que pasa si un día llevan los ejercicios mal hechos. Vestirles porque no saben hacerlo cuando deberían aprender a ello. Afrontar todas las situaciones que van apareciendo en su día a día por ellos. Los niños y niñas tienen que aprender a vivir reveses y contratiempos, a frustrarse y a buscar soluciones para aquello que no sale como desearían. Les apoyaremos y ayudaremos en esa búsqueda de soluciones. Etiquetaremos con ellos las emociones que están sintiendo para que puedan aprender a manejarlas y les brindaremos apoyo para que sientan que podrán contar con nosotros y que no les abandonamos. Pero no lo viviremos por ellos. De esta manera, podrán desarrollar habilidades de afrontamiento que permanecerán en su vida adolescente y adulta.

¿Qué consecuencias puede tener la sobreprotección?
Padres y madres sobreprotectores exigen a los niños menos de lo que les corresponde para su edad. Apenas les dejan asumir responsabilidades y cuando posteriormente al crecer tengan que hacerlo, les resultará mucho más complicado. En casos de elevada sobreprotección durante la infancia, nos encontramos en la juventud y vida adulta con personas que parecen casi adolescentes o que tienen un alto grado de inmadurez para su edad. No han aprendido a afrontar de manera efectiva la frustración y los reveses de la vida, ni las responsabilidades a las que tenemos que ir haciendo frente, ya que nunca han tenido que hacerlo. Además, pueden resultar ser personas miedosas ya que han recibido desde la infancia que todo a su alrededor es peligroso.

¿Dónde queda el punto intermedio?
Queda en conocer a los niños y de lo que son capaces. Aunque parezcan pequeños e indefensos, tienen mucha más capacidad  de la que pensamos para resolver situaciones de diferente índole, no dejan de sorprendernos. Habrá que dejar que poco a poco adquieran responsabilidades adaptadas a su edad, que poco a poco vayan siendo ligeramente más independientes. Es posible que, en ocasiones, esta sobreprotección tenga que ver con que hayan vivido un proceso médico importante. De igual manera, tendremos que aprender a valorar el alcance de este y las verdaderas capacidades del niño o niña, permitiendo la máxima autonomía dentro de las capacidades y posibilidades. Discerniendo qué puede hacer de manera independiente y permitiéndoselo, y que no.  
Sea como sea, cuando hablamos de darles autonomía hay que confundirse con una autonomía completa, ni mucho menos. Son niños. Pero sí hablamos de, poco a poco, ir “soltándoles”, viendo como se desenvuelven, e ir interviniendo cuando sea necesario. Por supuesto, habrá que poner límites y tener en cuenta qué es adecuado a cada edad. Pero toda autonomía y responsabilidad que le demos incrementará el desarrollo óptimo. Educando siempre desde el afecto y el cariño y mostrándonos disponibles para ayudarles y apoyarles, pero permitiéndoles vivir por sí solos y equivocarse.

Si necesitáis orientación al respecto, no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardaji psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudaros.

lunes, 3 de abril de 2017

Preadolescencia: ¿qué esperar y como actuar?


La etapa de la preadolescencia se ha situado en torno a los 10-12 años. Suele aparecer ligeramente antes en niñas que en niños, aunque depende de cada uno puede aparecer antes o después sin que esto suponga un problema grave. Acompañada de grandes cambios físicos y emocionales, la preadolescencia supone un proceso de adaptación para el niño… Y para la familia. El funcionamiento del núcleo familiar va a tener que realizar ciertas modificaciones para re-adaptarse a los nuevos patrones relacionales con el niño o niña, que va camino ya a convertirse en adolescente. Puede parecer obvio en ocasiones, ya que es un momento evolutivo por el que todo adulto ha pasado, pero… ¿sabemos que podemos esperar en este momento?

En la preadolescencia los niños no son tan niños, pero tampoco son adolescentes. Durante esta etapa, comienzan a darse los cambios físicos característicos de la pubertad, que vienen de la mano de cambios emocionales. Aparecerán importantes fluctuaciones en el estado de ánimo. Además, durante esta etapa los niños comienzan a desarrollar en mayor medida su sentido de identidad. Buscan mayor independencia, tanto comportamental como emocional, de manera que se van erigiendo a sí mismos.

Hasta ahora, estos niños y niñas acudían a la familia para todo. En el pasado padres y madres tenían una gran influencia, siendo vistos casi como unos “superhéroes” que todo saben y solucionan. En cambio, inmersos en este proceso de búsqueda de autonomía, independencia e identidad, focalizan su atención hacia su círculo social de iguales a la hora de buscar apoyo, opinión o consejo.  Comienzan a desapegarse, lo que a muchos padres y madres puede generarles un gran impacto emocional en primera instancia: ¿será que ya no me quiere como antes? ¿Por qué está tan insolente? ¿Ya no me respeta? ¿Va a ser ahora siempre así?

¿Qué esperar de esta etapa?
Como se comenta anteriormente, es una etapa de cambios. Es una etapa de experimentación autónoma de quiénes son y que les gusta. De búsqueda de interacciones sociales fuera del círculo familiar. Esta etapa supone nuevos retos y actividades. Como añadido, aparecen conductas por las que parecen que el niño o niña “rechaza” las muestras de afecto o de interacción de los padres. No es raro encontrarse con un gran número de familias, que afirma que su hijo o hija “se avergüenza cuando muestra afecto en público” o “nos llama pesados/as” a todas horas. Cuando ocurre esto, en muchas ocasiones se puede interpretar como desprecio, como si ya no quisieran o valorasen nuestro apoyo o afecto. No obstante esto no es así. Solo ocurre que las situaciones en las que mostrarlo y como mostrarlo van a cambiar. La búsqueda de independencia hará que quieran dar una imagen para incluirse en un círculo social y tenemos que aprender a adaptar el comportamiento externo a la nueva situación.

En esta etapa surge además una “necesidad” de diferenciarse de los padres y madres. De ahí que comiencen, como describen muchas familias, las peleas,  las desobediencias (¡más!), los retos… que vendrán de la mano de ese querer tomar distancia. En muchas ocasiones, las familias se lo pueden tomar como algo personal: “lo hace para fastidiarme”. Y en parte podría ser. Pero en la mayor parte de ocasiones es algo normativo y la importancia de saber manejarlo será esencial en el paso a la adolescencia: gestionar manteniendo límites, sin negar la posibilidad de negociar en lo que sea negociable.

Otro elemento a tener en cuenta y al que prestar especial atención es que durante la preadolescencia pueden empezar a aparecer conductas de riesgo. La exploración de la identidad, el deseo de “sentirse adultos”, la experimentación con sustancias como el tabaco o el alcohol y la exploración de la sexualidad pueden comenzar ya en este momento (aunque se dan más habitualmente durante la adolescencia). En este sentido, la mejor opción será siempre la información y la apertura al diálogo con los niños, aunque en ocasiones pueda costarnos.

Por lo expuesto, se puede ver claramente que se trata de una época en la que, de golpe, empiezan a darse muchos cambios y en la que tenemos que estar ahí, desde una distancia ligeramente ampliada a como estábamos antes. Las familias tienen que aprender a hacer una tarea complicada al principio pero que luego se va tornando más sencilla: acompañar, apoyar y acompasar a sus hijos en este proceso desde una distancia algo mayor a la habitual, que les permita el fomento y desarrollo de su autonomía e independencia.
Para ello, dos puntos serán esenciales: Fomentar una relación positiva y educar con límites, sin negar las opciones a negociar lo negociable. A continuación os contamos un poco como hacerlo.

Qué hacer en nuestro día a día de la  preadolescencia en adelante
Cada vez más y a medida que entran en la adolescencia, habrá que negociar condiciones, habrá que adaptarse y en más de una ocasión los padres y madres serán los “malos de la película”. Para superar con éxito esta fase, la idea esencial es mantener los límites que hagan falta: pero fomentar las buenas relaciones familiares, adaptadas al nuevo funcionamiento del núcleo en el hogar.
Está claro que la adaptación a esta fase va a suponer todo un reto. Para las familias es un proceso de adaptación en el que pueden aparecer miedos, inseguridades… tristeza porque ya no son pequeños… Pero también orgullo, emoción… Tendremos que aprender a gestionar todo eso además de enseñarles a ellos y ellas a gestionarse a sí mismos.

¿Cómo lo hacemos?

Mostrando afecto y cariño: que se desapeguen más durante esta fase no quiere decir que no deseen ni aprecien muestras de afecto. Solo que tendremos que aprender a hacerlas de manera diferente. Igual ya no le apetece que, delante de sus amigos o amigas, le achuchemos y le digamos cuanto le queremos. Según que conductas de afecto, tendremos que moderarlas al contexto de intimidad de casa. Pero incluso, en público se puede mostrar el afecto de maneras más sutiles para que perciba el apoyo. Una simple sonrisa, por ejemplo, hará una importante función.

Fomentando la vida en familia: acciones tan sencillas como, en la medida de lo posible, sentarnos todos juntos a comer. Es probable que con el ritmo de vida que llevamos, para  muchas familias sea complicado… pero si se puede, sentarse todos juntos a comer, sin televisión y disfrutando de una conversación conjunta favorecerá el mantenimiento de lazos familiares y afectivos positivos. De esta manera, mantenemos el clima familiar idóneo sin tener que sacrificar poner límites cuando sea necesario.

Compartiendo momentos cotidianos: Compartir pequeños momentos como estar relajados en el sofá con una conversación agradable, cocinar un postre… Serán momentos ideales. También puede ser ver una película o una serie que os guste a ambos. Aunque mi recomendación aquí, sería compartir cosas que no impliquen audiovisual. Ya estamos rodeados y absorbidos a todas horas por las nuevas tecnologías…

Creando momentos familiares: Generad vuestras propias tradiciones, vuestros propios momentos… Si hay una buena noticia, si ocurre algo positivo, aprovechad para celebrarlo y/o darle la importancia que se merece y queráis darle.

Interesándonos por sus intereses y compartiéndolos: En esta época explorarán diferentes hobbies, experiencias… van a ver qué les gusta y qué no. Intenta buscar algo en común o si no interésate por eso que le gusta (¡genuinamente!). Es probable que en muchas ocasiones, intereses que tengan nos pillen un poco “fuera de juego” (no son los mismos intereses los que puedan tener los niños nacidos en plena era tecnológica, que los que podríamos tener nosotros) y sea complicado. Pero aún así, será necesario encontrar la manera de mostrar ese interés…
Aquí también me gustaría hacer un inciso y es que habrá que elegir también los momentos. Elegir un momento en el que el niño o niña está comunicativo. Si intentamos preguntarle sobre lo que hace cuando está absorto/a en una actividad, o tiene pocas ganas de hablar, fácilmente recibiremos ese temible “eres un/a pesado/a”. Cuando mostramos interés y curiosidad cuando quieren contarnos algo, o cuando iniciamos la conversación y vemos que están comunicativos, se sienten escuchados, comprendidos y valorados.

Dejándoles fracasar y tener éxito por si mismos/as: no necesitan ya una vigilancia constante, pero cuesta romper el hábito de protegerles siempre. Habrá que comenzar a dar espacio para que prueben cosas, dejarlos ir… y que aprendan a valerse por sí mismos cuando estén solos. Cosas tan sencillas como que se hagan ese corte de pelo tan horrible, que luego les parece un desastre… Siempre habrá que tener en cuenta que límites no son traspasables. Pero habrá que permitir que vivan, hagan, comentan y aprendan de errores que no supongan consecuencias graves. Y estar ahí para apoyarlos en el momento de realización del error.

¿Y la educación, los límites?
A pesar de aprender a dar cierto espacio no debemos olvidar que la familia es pilar clave en la educación y que siguen siendo niños. Los límites y las normas van a tener un papel importantísimo y, aunque ahora algunas cosas se “negocien”, habrá límites que no serán traspasables. Por ello, en esta etapa es importante que aprendas a diferenciar lo que de verdad importa de lo que no, dándole la libertad que necesita y siendo flexible y tolerante con ciertas cosas que igual no compartes. Pero sin flaquear en lo importante. Además, esta “flexibilidad” debería ser gradual y adaptarse al momento evolutivo del niño. No vas a “negociar” de igual manera con un preadolescente de 12 años, que con el mismo cuando entre ya a la adolescencia.

En los casos en los que negocies, puede que tengas que adoptar más el papel de fuente de información que de autoridad. Si quiere hacer algo que no te agrada pero no tiene consecuencias severas, infórmale del por qué no te agrada, que inconvenientes tiene y posteriormente le dejas elegir. No podemos controlar todo, por lo que habrá que centrar las energías de prohibiciones y castigos a aquellas situaciones que pueden tener consecuencias graves (durante esta etapa aparecen muchas conductas de riesgo relacionadas con los círculos sociales y tal vez será más importante incidir aquí). 

En esta etapa, con el establecimiento de límites pueden algunos padres y madres verse abrumados por perder el amor de sus hijos. Pero no tiene por qué ocurrir. Establecer límites no quiere decir que no sea con amor. Y si se hacen actividades juntos y se fomentan las relaciones positivas, el afecto y el clima cálido están ahí y no tienen por qué implicar un deterioro en la relación.

Si tenéis niños/as que estén  pasando por esta etapa y necesitáis asesoramiento, no dudéis en poneros en contacto con Martínez Bardají psicología y salud.


Estaremos encantadas de ayudaros.  

miércoles, 1 de febrero de 2017

¿Cómo hablar con un niño o una niña enfadados? Algunos “tips” para manejar la situación


Gestionar el enfado puede ser complicado tanto para niños como para adultos. Todos los niños y niñas se enfadan alguna vez y muestran “ataques de ira” más o menos escandalosos. Es labor de padres, educadores, y de todos los adultos involucrados en la crianza y/o la educación de los peques, la de instruir en habilidades para manejar y para comprender esas emociones. Ahora bien, aparte de realizar tareas que ayuden a generar conciencia y capacidades de regulación emocional, un componente clave (y también complicado) será aprender a hablar eficazmente a los más pequeños durante episodios de frustración y enfado.
Si seguimos una premisa básica como pauta general de actuación, siempre estaremos acertados. Esta consiste en primero, gestionarnos y poder comunicarnos desde la calma con el niño o niña. Si conseguimos esto, lo siguiente que tendremos que hacer será validar la emoción que está sintiendo: “Te estoy pidiendo algo que no te gusta y te ha molestado.” “Todos nos enfadamos alguna vez, las personas mayores también.” Y acto seguido, podremos centrarlo en soluciones o en buscar algo alternativo que hacer.
También va a ser importante transmitirle pautas para que pueda aprender a expresar sus sentimientos y su enfado. Ayúdale a explorar por qué se siente como se siente, permitiéndole explicar lo sucedido. Pero pídele que lo haga desde la tranquilidad, que te cuente, dile que le escuchas, pero que lo haga desde una voz pausada y normalizada. Podemos proponer por ejemplo, que nos vamos a quedar los dos en silencio un rato, hasta que se calme y podamos hablar.
Seguir esta estructura básica será de ayuda para gestionar las situaciones de enfado. No obstante, os dejamos algunos tips más concretos que podréis tratar de emplear en diferentes situaciones:
  • Transmítele al niño o la niña lo que tú percibes cuando se comporta de determinada manera. Si rompe sus juguetes, en lugar de decirle “deja de romperlos”, transmítele que parece que lo haga, por ejemplo, porque ya no le gustan. Y pídele que lo aclare. De esta manera favorecerás el diálogo y la expresión de sentimientos, para que pueda comprender su propio enfado.  Permítele conectar con la causa de su emoción para que pueda resolverla.
  • Valida sus emociones. Procura no decirle frases del tipo: no deberías sentirte así / ya eres mayor, no deberías llorar. Transmítele que comprendes su enfado, dile que los mayores también nos sentimos así a veces (decirle lo contrario sería mentir, y debe aprender a gestionarlo para hacerlo cuando llegue  la vida adulta). También puedes emplear fórmulas del tipo: “está bien estar enfadado”, o “comprendo que esto que ha ocurrido no te gusta, y por eso te enfada, pero…” y mantenerte firme en tu posición si se debe a una actitud desafiante. Una vez valides su emoción, proponle buscar una solución juntos.
  • Plantéale opciones. Cuando tienes que pedirle al niño o niña que haga algo que no quiere y deriva en enfado, plantéale opciones (que impliquen al final realizar la conducta que pedimos). Si por ejemplo, el vestirse por las mañanas supone toda una odisea. Puedes probar a darle a elegir entre si quiere vestirse antes o después de desayunar, pero acordad entre ambos que lo que decida deberá hacerlo. Las rabietas en los niños más pequeños se pueden emplear como manera de ejercer control sobre su entorno y de esta manera le ofrecemos el control a ellos (logrando que finalmente hagan lo que pedimos, pero sin degenerar en un conflicto mayor).
  • Céntrale en soluciones y ofrécele tu compañía y ayuda: a la hora de tener que recoger la habitación, por ejemplo, podemos tender a emplear discursos del tipo “¡Recoge o no sales de aquí!”. Esto va a generar conflicto entre ambos. Prueba a ponerle en marcha, hacia la soluciones: ¿qué te parece si empezamos haciendo la cama? Te voy a ayudar. La focalización en las soluciones será también muy útil cuando el enfado proviene, por ejemplo, de una situación en la que el niño o niña no paran de quejarse. Calmadamente, le podremos plantear: Te escucho, ¿podemos encontrar una solución?
  • Si grita, pídele que reformule lo que tenga que decirte en un tono normal. A veces no perciben o no se dan cuenta de que están gritando, o creen que así lograrán lo que desean. Solicítale, desde la calma (¡esto es muy importante!), que te lo diga con un tono de voz normalizado y pausado. Pídele que te cuente lo que le ocurre, calmadamente.
  • En lugar de repetir varias veces lo mismo, o plantearle “cuántas veces te lo tengo que decir”, devuélvele la pelota. Prueba a transmitirle: veo que me has oído la primera vez. ¿te parece que te lo diga, me lo repites y nos ponemos a ello?
  • No le digas que te está avergonzando en público. Puedes enviarle mensajes que luego, en la edad adulta, implicará dificultades para gestionar sus emociones. Es mejor que le plantees ir a un lugar privado para resolver lo que ocurre.
  • Cuidado con lanzar mensajes del tipo: “eres imposible” “eres lo peor” “no tienes remedio” y similares. Con ellos no resolvemos nada. Céntrate en su conducta y como comentamos previamente busca soluciones. Por ejemplo, para la situación de “eres imposible” podemos plantearle: cuando te comportas así, estás siendo imposible. No identifiquemos al niño con lo que hace.
  • Cuando no para de decirnos “no” a algo que nos dice, desde la posición de enfado, reconoce la negativa. Lánzale que entiendes que no quiere lo que le estás pidiendo, pero que hay que hacerlo. Y plantéale buscar una solución conjunta

Todo lo anterior puede ayudaros a aprender a gestionar las situaciones de rabia, frustración y enfado in situ con niños y niñas. Ahora bien, tendremos que aprender a adaptar estas pautas a la situación y al niño o niña en particular, así como a nosotros mismos; no se trata de reglas universales. Habrá situaciones en las que nos servirán y situaciones en las que nosotros también tendremos que buscar soluciones acerca de cómo comunicarnos con ellos y ellas. Pero esta guía nos puede ayudar para empezar a descentrarnos de “como es el niño” y centrarnos más en su conducta, ayudándole a explorar sus sentimientos.

Si te gustaría recibir orientación o pautas en términos de gestión emocional para los más peques, o tienes cualquier otra duda o necesidad relacionada con su crianza y bienestar emocional, no dudes en ponerte en contacto con Martínez Bardaji psicología.

Estaremos encantadas de ayudaros.